Nebot, ¿y ahora?

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Por Felipe Burbano de Lara

Jaime Nebot cierra hoy un ciclo político de casi 20 años como alcalde de Guayaquil. Su paso por el municipio deja profundos legados, al tiempo que abre incógnitas sobre el futuro político suyo y el del país. Para Guayaquil, el legado tiene varios alcances: un municipio respetado y con prestigio, una inmensa obra modernizadora, un modelo de gestión sostenible y reconocido como eficiente y sustentable, y una profunda autoestima de los guayaquileños hacia su tradición cultural e historia política.

Nebot fue el continuador de un proyecto de recuperación de Guayaquil desde las élites iniciado por León Febres-Cordero en 1992. La recuperación sepultó el largo dominio populista de la ciudad y puso en marcha el proyecto modernizador más ambicioso del Ecuador desde un gobierno local. Febres-Cordero y Nebot convirtieron al municipio en un aparato eficaz de gobierno de la ciudad, sustentado en liderazgos personalistas, fuertes, la gran presencia electoral del partido socialcristiano, una amplia red de organizaciones sociales y populares de apoyo, y una sostenida alianza con los grupos de poder local.

Al convertir al municipio guayaquileño en la contraparte inevitable del centralismo político de Quito, Febres-Cordero y Nebot generaron un nuevo balance territorial del poder. En la transición al milenio, ese balance fue replanteado por los guayaquileños a través de la idea de una ciudad autónoma. Alrededor de ese potente concepto, que tradujo a un nuevo lenguaje político la dinámica histórica del regionalismo guayaquileño, Nebot convirtió a Guayaquil en la vanguardia de un movimiento de ciudades que redefinió el rol de los gobiernos locales en la configuración del Estado. La fortaleza de ese proyecto le permitió resistir los embates nacionalistas de la Revolución Ciudadana por capturar Guayaquil, objetivo nunca alcanzado. De esa dura batalla política salió ganador Nebot. El alcalde termina con su imagen intacta, elogiada, reconocida, con una sucesora de su mismo partido, mientras Correa vive un momento aciago de su vida en la soledad de un ático belga, golpeado día a día por las incontenibles denuncias de corrupción en contra de su gobierno.

Pero el recorrido de Nebot describe también su enclaustramiento político en los confines de la ciudad y lo local. Febres-Cordero inició ese movimiento cuando se convirtió en el primer presidente en volverse luego alcalde. Ese desplazamiento transformó a Guayaquil en un territorio socialcristiano inexpugnable. El reverso, sin embargo, fue el renunciamiento de las élites guayaquileñas, en un momento de gran fragmentación y dispersión política en el país, a un proyecto nacional. Conservaron su influencia sobre la política desde su atrincheramiento en el espacio local de la ciudad, fortalecido por la activación de su potente tradición histórica y económica. Desde entonces, al PSC y a Nebot les ha costado proyectarse más allá de los límites de la ciudad y su ámbito de influencia. La gran interrogante que abre el cierre del largo ciclo de Nebot como alcalde es si podrá convertirse, como sueña la derecha, en el líder que la llevará nuevamente a la presidencia; si será capaz de iniciar el recorrido inverso al de los últimos 30 años: saltar ahora de lo local a lo nacional.(O)

Fuente: El Universo

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