Descomposición

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Por Francisco Swett

Los eventos de la semana pasada: el asalto de los motociclistas en el mejor estilo de pandilleros que agreden en la vía pública, la violación de una mujer con extremo sadismo por parte de sus “amigos”, y el asesinato filmado en cámara lenta de otra joven y de su criatura nonata por su pareja venezolana ante una policía carente de preparación y procedimiento, han tenido gran resonancia en la conciencia colectiva, amenazada como está por la violencia extrema, atrapada en inseguridad, y víctima de la descomposición social y moral del país.

Hablar de causas sin entrar en análisis es especular o responder desde la reacción primaria de la xenofobia, el linchamiento, la pena capital, o la entreverada discusión de los derechos humanos de los perpetradores. Debemos reflexionar más bien sobre las causas de este desbarajuste moral. Entendemos que la violencia y descomposición que hoy experimentamos son constantes de la raza humana de la misma forma como lo son las virtudes cardinales, las manifestaciones de la música y la literatura, y los descubrimientos y aplicaciones de la ciencia y la tecnología. Reconocemos, además, que ese enjambre causal envuelve al individuo y al medio en el que vive. Preguntamos entonces: ¿el sujeto nace, o se hace violento? Los estudios genéticos han identificado el “gen de la violencia”, evidenciando que toda predisposición es reforzada por la disfuncionalidad familiar, por la pobre formación que se recibe en las escuelas, la carencia de valores, y la desesperanza de emerger a la vida adulta sin un rol al que aspirar.

Más cerca de nuestro tiempo, la ideología SSXXI, defendida e impuesta por sus líderes y simpatizantes, ha marcado el “estado de derechos” de los delincuentes, según lo consagra la constitución española de Montecristi. Se han abierto así las compuertas de la lucha de clases, propuesta revanchista que destruye el tejido social. El haber pactado con el narcotráfico convirtiendo al Ecuador en un narcoestado nace de esa misma ideología. Es conocido que la droga, la violencia, la corrupción, y la descomposición van de la mano, y hoy estamos sufriendo las consecuencias. El robo masivo de los recursos y el dispendio de lo que quedó nos dejó con una policía manipulada políticamente, mal estructurada (desde los tiempos de la dictadura militar) y carente de los recursos operativos y humanos para enfrentar las situaciones de apremio, o investigar las causas y a los causantes de los delitos.

Estamos sufriendo los embates de una batalla por el control social. El terror es el arma del poder y es utilizado sin reservas por el crimen organizado. Ante esto cabe advertir que las batallas y las guerras no se ganan con histeria, irracionalidad, odio y conductas extremas. Se ganan identificando a los perpetradores y a sus patrones de asociación, entendiendo las motivaciones, conociendo la economía de sus negocios, y sabiendo de sus orígenes y circunstancias. Además, y por sobre todo, estatuyendo el imperio de la ley, que no admite relativismo pues se aplica a todos y es justo e implacable. Los derechos humanos, se ha dicho, son para los humanos derechos. La escoria se volvió tal cuando los dejó de lado.


Fuente: Expreso

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