De opereta, ¡no más!

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Por Walter Spurrier Baquerizo

Tomó seis años, pero finalmente la Cancillería adoptó un protocolo que rige para los asilados políticos en sus sedes diplomáticas. De tratarse de algún asilado político o activista perseguido por un gobierno represivo, no hubiera sido necesario escribirlo: uno no le entrega a un huésped instrucciones de comportamiento.

Pero el que tenemos en Londres no es un asilado habitual. De lo que narran exseguidores desilusionados, Assange es en extremo egoísta, desconsiderado, carente de calidez humana, inescrupuloso, y sin modales apropiados para la convivencia.

En el Protocolo que la Cancillería le entregó en octubre 13, se le indica que tiene que tratar al personal de la Embajada con respeto, cuidar su higiene personal y la de su gato, no patinar ni jugar fútbol en las instalaciones de la embajada. Que ya no lo vamos a mantener: nos ha costado USD6 millones. Las visitas que reciba tienen que programarse y ser aprobadas con tiempo; y no podrá recibir visitas nocturnas.

Por lo visto, en las noches, en que quedaba solo, ¡la embajada funcionaba como departamento de soltero!

Eso, en lo que respecta a la convivencia. Hay asuntos de fondo. El Protocolo advierte que el asilado no puede interferir con la política exterior del Estado que lo acoge. Assange se dio el lujo de burlarse del candidato presidencial y casi ganador de las elecciones, Guillermo Lasso; apoya a los independentistas catalanes, en perjuicio de la relación del Ecuador y España; y en 2016, desde la Embajada, sirvió a los intereses de Rusia al interferir en las elecciones presidenciales de EE. UU., contribuyendo a la ajustada victoria de Trump.

Assange se ha referido al Ecuador como país insignificante, y le hemos dado motivo para que nos considere país de opereta. El gobierno de Correa le dio asilo para cobrar protagonismo como aliado de Rusia en sus diferendos con los EE. UU.; incluso buscó hacer lo mismo con Snowden, quien hoy reside en Moscú. Este año el Gobierno actual le confirió ciudadanía ecuatoriana, a él quien nunca ha estado en el país, no tiene padres o abuelos ecuatorianos, y ni habla español. Además le dio cargo en la Cancillería y pretendió que Gran Bretaña le reconozca inmunidad diplomática, ¡para que vaya a Moscú como funcionario de nuestra embajada! Londres rechazó la grotesca maniobra.

Hoy, se lo llama al orden, y Assange protesta, y no quiere aceptar las normas de comportamiento. Pues si no lo hace, queda advertido y Ecuador no debe vacilar en ponerlo patitas en la calle. En agosto, Gran Bretaña le dio seguridades al Ecuador de que Assange no sería extraditado a los EE. UU. La pena por haberse sacado el grillete y refugiado en la Embajada es de pocos meses.

En todo caso, es improbable que Washington enjuicie a Assange por la revelación de los cables secretos del departamento de Estado en 2010. Lo que hizo es asimilable a prácticas de la prensa estadounidense, y se lo estimaría violación a la libertad de prensa.

Que esta embarazosa historia digna de una Banana Republic toque fin, ya, y se le revoque la ciudadanía. La piedra en el zapato nos está causando fascitis plantar; mientras se mantenga, nuestra diplomacia caminará renga.

Fuente: El Universo


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