Teoría del ajuste

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Por Francisco Swett

Los ajustes se dan en presencia o en ausencia de lo que hagan los gobiernos. Al igual que lo que sucede con el organismo humano, el organismo económico que tiene sobrepeso debe someterse a dieta para recuperar la salud. Todo ajuste se produce, primero, como consecuencia de desajustes previos; segundo, es inevitable si se quiere superar una crisis; tercero, invariablemente demanda sacrificios; cuarto, si no está bien ejecutado no sirve para nada. El ajuste se justifica como medio para retomar la vía de la productividad y ser más competitivos. En dolarización no podemos hacer el ajuste por el tipo de cambio, pero si tuviéramos moneda propia (como ocurrió hasta 1999) cualquier devaluación, como las que añoraba Correa, lo que produciría es un cambio cosmético que daría luego paso a lo que ya experimentamos en el pasado: un ciclo vicioso de desajuste, desempleo, devaluación, inflación y nuevo ajuste.

Los economistas nos quieren hacer creer que las finanzas públicas se guían por reglas especiales, y una de ellas es la de que los Estados no quiebran y que las deudas no se pagan, solo se refinancian. Admitiendo que los gobiernos tienen más grados de libertad y opciones para manejar su crédito, no es menos cierto que quienes pagan las deudas (intereses y capital) son los contribuyentes a través de sus impuestos, y de los incrementos de las tarifas y precios administrados. ¿Que los Estados no quiebran?, pregúntenselo a Maduro, que ha tenido la innegable habilidad de quebrar al país más rico de Sudamérica. ¿Que las deudas solo se refinancian? Los gobiernos son los mejores practicantes de la piramidación al igual que de todas las prácticas deshonestas que, cuando son perpetradas por privados, significa la cárcel. La mejor forma de pagar las deudas es haciendo crecer la economía, tal como sucedió en los años iniciales de la dolarización, cuando el peso de la deuda respecto del producto pasó de 90 % a 22 %.

Cualquier ama de casa le da clase de economía a las autoridades de gobierno. Ellas entienden que, si se gasta de más, luego hay que pagar la cuenta. Los gobernantes, en cambio, proponen que el vecino la pague. Saben también que cuando las deudas se acumulan y superan a los ingresos, hay que reducir el presupuesto. Los gobernantes hacen caso omiso y siguen tan campantes, argumentando que la reducción del gasto público implica un grave costo social, costo que en la práctica lo sobrellevan los burócratas que pierden el empleo; quienes ganan son los contribuyentes cuyo dinero se queda en donde pertenece: esto es en sus bolsillos.

¿Qué se puede concluir? La ortodoxia de subir los impuestos no funciona pues perpetúa la condición de abuso, malgasto y disfuncionalidad de gobiernos inservibles. Para lograr el cometido, el ajuste debe manifestarse como un proceso que defienda la libertad de emprender y promueva la seguridad jurídica, observe la disciplina fiscal y desregule, promueva la apertura del sector externo y la afluencia de capitales, apoye a la innovación, fortalezca la competitividad, y reforme íntegramente el régimen laboral y el tributario, para crear empleo productivo e integrar social y económicamente a los ecuatorianos.

Fuente: Expreso

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