La dimensión institucional de la integración suramericana: Hacia dónde vamos?

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0001a marcotorresPor Marco Torres Jaramillo

La integración de América del Sur ha sido un proceso progresivo de creación plural de instituciones de cooperación regional después de la Segunda Guerra Mundial.

Desde entonces, América Latina fue protagonista de los intentos por dotar a las regiones de una institucionalidad que favoreciera, y allanara el camino para la cooperación, el comercio, el diálogo político y la solución pacífica de controversias.

Estos ideales se han convertido en el deber ser de un conjunto variado de bloques regionales que han marcado el destino de un mundo regido por las reglas del multilateralismo.

En Suramérica, esta consolidación como bloque ha estado inspirada en la paz y la solución por la vía del diálogo de las diferencias. Como resultado de lo anterior, el derecho internacional se ha erigido como derrotero de su política exterior. La regionalización ha sustituido el viejo concepto de interamericanidad nacida de la polarización propia de las épocas de la Guerra Fría.

En la década de los sesenta, con el Pacto Andino surgido del Acuerdo de Cartagena en 1969, la subregión dio un paso trascendental en la construcción de una unidad regional marcada por la imponente Cordillera de los Andes.

Con la transición exitosa hacia la democracia en el Cono Sur, se acordó el Mercado Común del Sur (MERCOSUR) formalizado con el Tratado de Asunción de 1991, para afrontar el caótico e ineludible proceso de la globalización, nacido de las transformaciones geopolíticas a gran escala.

El comercio y el libre mercado como ejes de integración se impusieron, abriendo las puertas a profundas disparidades sociales. La propuesta para el establecimiento de un Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA) por parte de Estados Unidos, supuso una estrategia que tenía como vectores la liberalización económica, el desmonte del Estado y la flexibilización laboral.

Así se fue animando una disidencia suramericana cada vez más organizada que veía en el modelo, la continuidad de políticas que estaban reproduciendo e inclusive agravando las desigualdades sociales. El empobrecimiento de la región fue evidente y el retroceso en materia de concentración del ingreso notorio. Los latinoamericanos perdieron su fe en la capacidad legitimadora del Estado a través de programas de movilidad social.

A comienzos del milenio, un porcentaje considerable de latinoamericanos expresaba sentirse dispuesto a tolerar un régimen autoritario, siempre y cuando solucionara sus problemas económicos de empleo e ingresos. Según el Latinobarómetro de 2004, solo 30% de latinoamericanos apoyaba de forma clara la democracia y solo un 43% se consideraba demócrata.

La llegada de gobiernos que promovían mayores niveles de autonomía para Suramérica desde finales de los noventa, renovó el discurso sobre la regionalización y le brindó nuevas perspectivas. Se desmitificó el falso dilema de que gobiernos con distintas visiones ideológicas, no podían apuntar hacia una misma dirección en el plano regional, como en el caso del aumento de la inclusión social.

En los albores del milenio, irrumpió el proceso paulatino de acercamiento de visiones distintas bajo el esquema de Cumbres de América del Sur. La reunión de 2000 en Brasilia que constituyó su primer capítulo, reafirmó el compromiso por lograr la integración suramericana con una agenda común, y complementaría con otros foros regionales e internacionales. Desde el inicio, prevaleció la necesidad y pertinencia de la convergencia con otros actores y escenarios regionales.

Desde aquella época hasta nuestros días, presenciamos una virtual regionalización que refleja a cabalidad los rasgos históricos del continente que engrandecen su sentido de unidad, como la tradición pacífica que los Estados han confirmado sin excepción; la convicción democrática que ha empoderado el Estado de derecho blindándolo ante eventuales interrupciones, la celebración de las citas electorales; y la promoción activa de los derechos humanos, elemento integral de cualquier acción que el bloque emprenda.

En los actuales momentos, vivimos una etapa de transición de los procesos de integración que debe tratar de desmarcarse de los vaivenes políticos y evitar la ideologización de los mismos.

En esencia, estos procesos deben enfocarse y potenciar las habilidades del ciudadano suramericano del siglo XXI, que en palabras del ex expresidente de Colombia y exsecretario general de UNASUR, Ernesto Samper, el ciudadano del Sur debe ser más solidario en lo social, más productivo en lo económico, más participativo en lo político, más comprometido con la defensa de su medio ambiente pero, sobre todo, más orgulloso cada día más de ser un “ciudadano suramericano”.v

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