'Verá, mi estimado...'

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Por Felipe Burbano de Lara

Veo regresar al funcionario de la Agencia Metropolitana de Tránsito con la torre de papeles que le había entregado minutos antes, y me pongo a temblar. Apenas suelta el “verá, mi estimado”, arranca de nuevo el lío. Le falta el pago de ni sé qué, no ha registrado el contrato de compraventa del vehículo en el SRI, la impronta está caducada, necesita copias a color de su cédula y papeleta de votación... Es la quinta vez que he ido a la ATM y no logro hacer el traspaso de dominio de un vehículo adquirido a una exdiplomática. Mis visitas a la ATM estuvieron precedidas de varias al SRI, a la revisión técnica vehicular, a la notaría para el registro de firmas del contrato, ni sé cuántas veces al local de la esquina para sacar tanta fotocopia que le piden a uno en cada trámite. Y antes, la vendedora tuvo que acumular un legado de documentos enorme.

De todos los papeles y trámites exigidos hay algunos insólitos. Por ejemplo, el contrato de compraventa tiene validez de un mes. Si caduca, para poder seguir con el proceso, un policía –cualquier policía– tiene que sancionarlo, con multa y reducción de puntos, por contrato caducado. De locos: uno tiene que acercarse al policía a pedirle que le multe. El registro de las improntas es lo más arcaico que uno se pueda imaginar: con papel carbón se raspan los números del chasis y del motor para registrarlos. La impronta tiene una validez de apenas 15 días, como si en un lapso mayor fuese a cambiar el número del chasis o del motor. Nunca están completamente claros los requisitos: usted puede ir al mostrador de información y recibir instrucciones muy diferentes entre un turno y otro. En el SRI me aseguraban que el trámite de registro del contrato de compraventa –que se hace en forma directa desde las notarías, excepto en un período de tiempo en el que no está habilitado el sistema de la ANT– debía hacerlo el vendedor, no el comprador. Después de argumentar que eso era absurdo, el funcionario accedió a darme el turno correspondiente.

Si no fuese por un ejército de informales que pululan por las oficinas de matriculación y revisión vehicular, con toda clase de servicios, sortear las exigencias burocráticas sería aún más tormentoso. “Turnos, turnos”, me grita por la ventana del carro un señor que se percató de mi problema. Por un dólar, él consigue un turno a través del internet. Los kits de emergencia exigidos para matricular los vehículos se venden con enormes facilidades. “Salgo de la revisión y me voy al cajero, jefe”. “Vaya, vaya, más tarde me paga”. Los tramitadores facilitan la relación compleja de los ciudadanos con el Estado. Como nos hemos dedicado a trampear al Estado, a eludirlo, a estafarlo, este se protege multiplicando los trámites, papeleos y exigencias. Añada a todo lo anterior el gustito de los burócratas por joder al ciudadano ejerciendo su poder, amenazándolo con su tiempo –tiene que volver, y volver implica hacer fila para tomar el turno, primero, y luego esperar el turno– o con demorar ad infinitum trámites que deberían ser cortos y eficientes.

La desconfianza entre Estado y sociedad, nuestro afán de trampearlo y eludirlo, lleva a una burocratización insólita de las relaciones, a trámites absurdos, exigencias desmedidas, a unas pérdidas inmensas de tiempo, y a tener que aguantar, con la poca paciencia que a uno le va quedando, el tenebroso “verá, mi estimado...”. (O)

Fuente: El Universo

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