La banda

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Por Francisco Febres Cordero

Cuando, engalanado con su camisa de diseños étnicos recién estrenada, ingresaba a cualquier acto público, acompañado siempre de su numeroso pelotón de escoltas, la concurrencia se ponía de pie mientras por los parlantes comenzaban a sonar las notas de Patria, tierra sagrada de honor y de hidalguía, himno coreado por los asistentes que saludaban así la augusta presencia de quien comenzaba a gobernar el país como su feudo. Tieso, con su mirada apuntando hacia el futuro, recibía los honores que a la majestad de su poder creía debidos.

Lo demás, ya se sabe: diez años de dictadura en que, elevado sobre su pedestal, imponía su voluntad, dictaba leyes, sentencias, pisoteaba libertades, honras, inventaba realidades, mientras se presentaba como el fundador de un país sin historia, que él había construido desde sus cimientos.

Así, hasta que un día, obligado por las circunstancias, se marchó lejos, a la espera de que el pueblo formara una larga fila en el que era su palacio para honrar su recuerdo a través del museo que dejó montado, un altar que daba cuenta de sus largos recorridos por el mundo, los tributos que recibió, la multiplicidad de obras que realizó. Al fin y al cabo, sus desvelos merecían un devoto peregrinaje que le rindiera tributo.

Lo que quizás nunca vislumbró fue que la gloria que él creía merecer tuviera una duración tan fugaz, tan efímera y que las magnas realizaciones que aseguró dejaba en pie para la posteridad, fueran diseccionadas con tanta rapidez para mostrar sus huesos, carcomidos por el cáncer de la corrupción y la concupiscencia.

Y él, que creyó que sería proclamado como el ideólogo, líder y ejecutor de una revolución que su mente calenturienta había fraguado, va apareciendo como el capataz de una banda de asaltantes de caminos que tenía como principal función engordar sus faltriqueras con los dineros públicos.

Desde lejos, no le queda sino contemplar con impotencia cómo su pandilla, tan celosamente armada a través de los años, está siendo desarticulada igual que cualquier otra de sacapintas o robacarros, de las cuales la crónica roja da razón a diario.

Ahora su lugarteniente, aquel por quien él dijo que estaría dispuesto a ofrendar su vida, pasa sus vacaciones en la cárcel sin otra ocupación que la de negar las trapacerías largamente planificadas con su tío, en las cuales están también comprometidos muchos otros de baja ralea pero de altas funciones. Unos cuantos más, esos que no alzaron el vuelo con el guiño cómplice de quienes debieron aprehenderlos, corrieron a cobijarse bajo el manto protector del nuevo gobierno, con la esperanza de que sus bellaquerías se entierren en el olvido.

Desarticulada una parte de la banda, los sueños del capataz deben haberse modificado: de pretender que su imagen fuera inmortalizada en monumentos y perpetuado su nombre en universidades, hidroeléctricas, carreteras y aeropuertos, debe estar cruzando los dedos para que los truhanes que fraguaron el asalto sistemático a los fondos del Estado no canten, o por lo menos no lo hagan hasta el extremo de sacar a relucir su nombre.

Un nombre que en todo caso pasará a la historia de esta patria, tierra sagrada a la que él dejó esquilmada, con su honor mancillado y su hidalguía deshecha. (O)

Fuente: El Universo

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