Deslealtad

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Por Francisco Febres Cordero

Ellos no quieren volver los ojos al pasado. Miran al presente. Y, con ojos de lascivia dirigidos a los fondos públicos, agazapados sopesan si en el futuro podrán dar algún nuevo golpe, aunque esta vez tenga el carácter de blando, luego de haber pegado el gran zarpazo.


Despojado de su condición de excelentísimo, sin tener quién le rinda pleitesía, sin poder ordenar a uno de sus diplomáticos que le tramite un nuevo honoris causa, sin que alguien le monte una tarima para hablar durante cuatro horas, sin poder asomarse al balcón del que era su palacio para recibir las loas de la parroquia, sin poder armar una comitiva de conmilitones para viajar al exterior en uno de sus aviones particulares, sin que sus palabras sean elevadas a la categoría de evangelio y obedecidas con obsecuencia lacaya por fiscales, jueces, asambleístas y funcionarios, Rafael Correa, reducido a su condición de simple ciudadano, acusa a sus antiguos sirvientes de deslealtad.

Y tiene razón. Aquellos que lo acompañaron durante los diez años en que ejerció el poder como un autócrata, ignorando la Constitución, pisoteando las leyes, ejerciendo rastreras venganzas, usando los fondos públicos como si fueran propios y dilapidándolos a su sabor, jamás levantaron su voz para contradecirlo ni tampoco se atrevieron a alzar la vista cuando ellos mismos eran sujetos de sus afrentas. Callaron. Inclinaron la cerviz. Doblaron su espinazo para reverenciarlo. Auparon sus tropelías. Y, asumiendo ellos también su secundón papel de mandamases, injuriaron, prostituyeron su rol de servidores para servirse del empleo y lucrar de él de manera ilimitada, acompañaron con creciente cinismo el despilfarro y el saqueo en la convicción de que la revolución que decían haber llegado les premiaba a ellos como a los héroes que la hicieron posible, mientras recogían a su paso la lluvia de billetes que, como confeti, les caía del cielo.

Ensoberbecidos y, sobre todo, con “la satisfacción del deber cumplido”, ahora han comenzado a marcar distancias con aquel que, con su manera dictatorial de ejercer el poder, los sacó del anonimato y los colocó en alguno de los muchos ministerios que creó, los envió a cargos diplomáticos para que gozaran de felices vacaciones, les entregó graciosas canonjías y permitió que engordaran sus faltriqueras con impudicia y sin vigilancia alguna, pues por algo eran parte integrante del “proyecto”.


Muchos de ellos se resisten a mirar atrás. Al fin y al cabo, hacerlo significaría reconocer su estrecha, íntima ligazón con el despotismo, en el instante en que el nuevo mandato parece ir en otra dirección: respeto a las instituciones, acatamiento de las leyes, combate a la corrupción y mano tendida al adversario.

Ante eso, su rictus fruncido y fiero va transformándose en una sonrisa boba pero permanente; sus palabras altisonantes, en frases que invitan al diálogo; su gesto amenazante, en abrazos; sus deseos de revancha y odio, en comprensión; su personalismo, en afanes de servicio; su concupiscencia, su amor por el dinero y el poder, en condescendencia.

Ellos no quieren volver los ojos al pasado. Miran al presente. Y, con ojos de lascivia dirigidos a los fondos públicos, agazapados sopesan si en el futuro podrán dar algún nuevo golpe, aunque esta vez tenga el carácter de blando, luego de haber pegado el gran zarpazo.

Ellos, ahora, convenientemente cobijados bajo el manto del nuevo mandatario, ante el calificativo de desleales que les llega desde un lugar lejano, esbozan su sonrisa recién aprendida y alzan los hombros en señal de quemeimportismo. (O)


Enlace: Deslealtad


Fuente El Universo

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