El capítulo olvidado

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Por Alberto Dahik Garzozi

La reinvención que necesita el Ecuador abarca muchas áreas. Se las menciona con frecuencia. La gran reforma del IESS que no aguanta más. La gran reforma laboral, que permita abrir para los desempleados y para las generaciones jóvenes la opción de un trabajo, que hoy es tan difícil con una legislación antiempleo, no de protección del empleo. La reducción del tamaño del Estado, cuyo crecimiento se ha transformado en una imposible carga para los ciudadanos y factor primario de la crisis que vivimos. La necesidad de más tratados de apertura comercial. La simplificación de trámites. El desmantelamiento de los subsidios a los combustibles, el apoyo a la gran minería que es la que puede ser fiscalizada y controlada para que no contamine, a diferencia de la informal que no se puede controlar y que contamina. La gran reforma al sistema de tasas de interés. La lista es larga, y solo he mencionado lo económico. En educación, salud, en políticas de asistencia social, hay también mucha reinvención que hacer.

Pero muy pocas veces se habla del capítulo olvidado: la transformación que se necesita de muchas actividades del sector privado que se han acostumbrado a estar protegidas.

Cuando empezó el proceso de modernización de Chile, que fue respetado por todos los gobiernos independientemente de su tendencia ideológica, existían muchas plantas de ensamblaje que hoy no existen, incluyendo automóviles. Hoy no se ensamblan autos en Chile. Doy este ejemplo, porque en el Ecuador todavía creemos que reinventarnos y reformarnos es solamente un tema que compete al sector público.

No, no es solamente por ahí donde debe venir el cambio, también debe darse en el sector privado. Muchas empresas y sectores se han acostumbrado a la protección, se han acostumbrado a que el Estado les otorgue prebendas, y esto es también costoso para los ecuatorianos, como lo es el despilfarro del sector público obeso.

Si no existieran aranceles, ciertas fábricas no podrían operar. Si no existieran otras concesiones de parte del Estado, muchos sectores “productivos” dejarían de ser viables. Cuando esto sucede, el ecuatoriano paga un costo, y muy alto, que es igual que pagar un costo por sostener un Estado ineficiente.

Preguntémonos qué pasa cuando, por ejemplo, un camaronero inicia su proceso. Tiene riesgo de la semilla, tiene riesgo de la temperatura, de la salinidad, y luego, cuando cosecha, tiene el enorme riesgo de una caída de precios. Y sin llorar, sin pedir privilegios, ese sector, como muchos otros de exportación, han logrado penetrar en el extraordinariamente competitivo mercado, que es el mercado mundial.

Otros, en cambio, se levantan sabiendo que el Estado los protege, que su precio está asegurado, que si son ineficientes los van a cuidar y proteger.

En el Ecuador no hay espacio ya para este Estado obeso, centralista y que enreda y dificulta la actividad privada de los ecuatorianos. Pero tampoco hay espacio para que ciertas empresas y actividades sean igualmente una carga para los ecuatorianos que terminamos pagando impuestos y precios altos que van en desmedro de su calidad de vida. (O)


Fuente: El Universo

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