La apuesta del correísmo

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Por Felipe Burbano de Lara

Fue una movida hábil del correísmo presentar a un joven desconocido, casi un outsider del movimiento y del escenario político, como candidato presidencial. Andrés Arauz, el nombre seleccionado por el líder, crea la imagen de continuidad y a la vez de renovación. El correísmo quiere mostrar que puede entrar en otro momento de su recorrido político, provocar un relevo generacional, por fuera de toda la desprestigiada cúpula que condujo el proyecto entre 2007 y 2017. Arauz sin Correa simplemente sería un desconocido más, un candidato del montón del 3-5 %, de los chimbadores como los llama Santiago Basabe.

Arauz viene de las entrañas más profundas del correísmo. No tiene otra experiencia política que no sea la Revolución Ciudadana. Tenía 24 años cuando Alianza PAIS irrumpió en la escena nacional inmersa en el giro a la izquierda de América Latina. Su incursión en el proceso se da a través de cargos públicos, de una identificación ideológica y de sus redes de trabajo académico. Su discurso, su identidad, su lenguaje tienen esa huella profunda. Y quienes le conocen bien saben de su infinita admiración al líder. Militante convencido, fogoso, audaz, replica la soberbia del académico que salta a la política y usa el conocimiento como fuente de legitimidad. Sabe qué hacer y cómo hacer.

Su fortaleza electoral dependerá de la transferencia del capital político de su líder. ¿Cuánto capital político tiene Correa? Una pregunta difícil de responder. Solo sabemos las pasiones a favor y en contra que despierta. Correa no es el mismo del 2017, cuando salía de diez años de un gobierno apuntalado por una inmensa prosperidad fiscal, un movimiento todavía unido, y aun sin todas las revelaciones de corrupción, derroche de recursos y abuso del poder. La presencia constante de Correa funcionó como un dispositivo ideológico: no dejaba ver lo que había detrás suyo, tras las bambalinas, mientras su discurso se encargaba de presentar un proyecto impecable, histórico, sin fisuras. Correa se ha transformado cada vez más en un espectro, en un fantasma, con una presencia virtual, refugiado en Bélgica, muy golpeado. Nadie sabe cuánto capital político realmente posee.

Pero el correísmo sigue siendo una voluntad política con enormes deseos de volver al poder. Cree tener un proyecto. Y algo debe quedar de estructura organizativa. En medio del desierto de liderazgos, de la profunda debilidad partidaria, de la fragmentación de las tendencias (con un tímido acuerdo en la derecha), todos esos elementos son recursos a favor. La mayoría de candidaturas son personalísimas, sin nada detrás como respaldo. Y todas ellas, sin excepción, entran al juego que más le conviene al correísmo: polarizar, retratarse como excluidos y perseguidos políticos, con lo cual se colocan fuera del sistema y se presentan como su verdadera renovación. La apuesta por la candidatura del joven militante, formateado íntegramente por el correísmo, de una lealtad a toda prueba, es la carta que el populismo de izquierda pone para esta compleja elección que se abre. Veamos cuánto capital político tiene Correa y cuánto convence el retoque de imagen. (O)


Fuente: El Universo

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