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Por Francisco Febres Cordero
¡Oh, qué gesta! Solo ella bastaría para que la imagen del comandante Chávez presida todos los innumerables programas televisivos del correísmo y su figura sea ensalzada en las sabatinas, donde aparezca montado sobre las antenas y, espada en mano, cortando a mandoblazos todas aquellas que no transmiten la información que el dictador desea.
A mí, lo ques, ¡me ha entrado una gratitud! ¿Cómo les digo? Es un sentimiento íntimo, que nace de muy adentro, de las entrañas mismas do yace palpitante la información. Y es que, en esa intensa campaña electoral venezolana, salió a la luz el más magnánimo gesto que mandatario alguno pudo haber tenido con el Ecuador.
Para que tal cosa haya ocurrido debe haber estado flotando el espíritu de Bolívar que, esta vez, se manifestó directamente bajo la inspiración de Manuelita. ¡Ay, ya lloro! ¡Bolívar y Manuelita otra vez juntos, en una obra de trascendentales consecuencias que, definitivamente, ha cambiado el curso de nuestra historia y la ha llevado por los senderos de la revolución tan anhelada.
Perdonarán nomás, pero una gesta como la que fue hecha pública en la campaña electoral venezolana a cualquiera le pone lírico, hace que su corazón se agite, que el resuello se le entrecorte, que las lágrimas afloren a los ojos (¿y adónde más iban a aflorar?, se preguntarán ustedes que, en lugar de líricos, son medio ilíricos). Hace que las mil batallas que se dieron por la independencia de América confluyan todas en la de Pichincha y sellen la liberación del yugo, para siempre.
Y todo, gracias a la inspiración de aquel que se presenta como el más genuino heredero de Bolívar, aquel que hizo que sus cenizas fueran exhumadas para comprobar que no murió de tuberculosis, sino que padeció cáncer. ¡Ay no, qué bruto!, que padeció asesinato, quise decir. Y de aquel, también, que hizo desfilar por toda América las cenizas de Manuelita, extraídas de los escombros de una fosa común de Paita, donde yacían calcinadas. Pero él, ¡oh prodigio!, logró separarlas una por una, hasta que estuvieran completitas.
Así, con ese espíritu bolivariano, el excelentísimo señor presidente de Venezuela, comandante Hugo Chávez Frías, en acción que lo enaltece y lo eleva desde los llanos venezolanos hasta la cumbre del Chimborazo, desenvainando la espada y convirtiéndola en cheque, donó al excelentísimo señor presidente del Ecuador una suma incuantificable para que el gobierno de la revolución ciudadana instalara un canal de televisión, conocido en el lenguaje revolucionario como EcuadorTV.
¿Ya lloraron? Verán que yo sí les advertí que hazaña de tal calibre les iba a remecer las fibras más sensibles de su sensible corazón. Bueno, pero ahora tranquilícense. Enciendan la tele y piensen que ahí, flotando entre las hondas electromagnéticas, está la espada de Bolívar y, en flash back como decimos los televidentes, la figura del comandante Chávez que recorre los canales del Gobierno junto con la de nuestro jefe supremo quien, gracias a su ayuda, logró romper las cadenas de la prensa corrupta para encadenarnos a la información oficial y a las cadenas nacionales que nos tienen encadenados a su obra gloriosa, inmarcesible, prodigiosa.
¡Oh, qué gesta! Solo ella bastaría para que la imagen del comandante Chávez presida todos los innumerables programas televisivos del correísmo y su figura sea ensalzada en las sabatinas, donde aparezca montado sobre las antenas y, espada en mano, cortando a mandoblazos todas aquellas que no transmiten la información que el dictador desea.
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