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"A los verdes atrincherados en Senplades no les gusta la agroindustria puesto que estiman depreda el ambiente"
El Gobierno tiene el ambiciosísimo objetivo de cambiar la estructura de la economía. Acabar con la agroindustria y reemplazarla con industrias estratégicas, que requieren miles de millones de dólares de inversión estatal y de socios estratégicos extranjeros, preferentemente estatales.
A los verdes atrincherados en Senplades no les gusta la agroindustria puesto que estiman depreda el ambiente: que por cada dólar que venden dañan la naturaleza en un dólar o más.
Los socialistas coidearios del presidente detestan la agroindustria que permite que unos agricultores acumulen capital y surja la inequidad.
Ambos sectores prefieren que la producción del campo sea de baja intensidad, en pequeños predios o cooperativas; igual la pesca.
Mientras tanto, el Gobierno impulsa el complejo petroquímico del Aromo, el primer megaproyecto.
La agroindustria comienza a derrumbarse. En el segundo trimestre sus exportaciones no crecieron en relación al mismo trimestre del 2011.
Lo del banano es una muestra. El Gobierno endureció la legislación laboral, salarios, afiliación al IESS, cobro de impuestos y restringe el uso de pesticidas cerca de los ríos.
Los bananeros en compensación demandan precios de sustentación más elevados, pero los exportadores no pueden subir los precios internacionales.
El desinterés oficial por las exportaciones privadas nos lleva a rechazar un acuerdo comercial con Europa. Nuestro banano paga mayor arancel que el de Centroamérica y Colombia.
A los atuneros los hala el Perú, mientras que a las flores las atraerá Colombia, cuando nuestros productos comiencen a pagar aranceles en Europa y Estados Unidos, aranceles que no pagarán los países vecinos.
Las industrias estratégicas se hacen esperar. El Gobierno invierte cientos de millones en el complejo petroquímico, y anuncia plazos cortos para el inicio de operaciones. Pero todavía no da la cara el socio estratégico, el que ponga billete grande, conozca del negocio.
Tampoco aparece ninguna gran inversión atraída por el Código de la Producción.
Para cubrir el desfase entre el debilitamiento de la agroindustria y el surgir de la industria estratégica, el Gobierno contaba con las exportaciones mineras, que vengan a complementar las petroleras.
Pero esto no arranca. El contrato que se iba a firmar con Kinross por una enorme mina de oro se frenó por la Ley de Minería. La empresa espera una reforma legal a la que se comprometió el presidente, pero que aún no la remite a la Asamblea.
Sí se firmó con un consorcio chino la explotación de una gran mina de cobre. Pero no arrancan las obras. Ni una piedra se ha movido en Puerto Bolívar dónde se instalará el puerto para exportar minerales. Los enigmáticos chinos nada han dicho. Quizá en Pekín se cansaron de esperar luego que la explotación minera se mantuvo cinco años en compás de espera.
Se acaba el tiempo de la agroindustria, no empieza el de la industria estratégica, y la gran minería, que haría de puente, no aparece.
Ante este descalce, el Gobierno tomó draconianas medidas para frenar la economía, el consumo y los pagos al exterior. Pospone por un año la paralización de la refinería de Esmeraldas, para ahorrarse400 millones de dólares en importaciones.
La economía entra en estancamiento, sin visos de salida.
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