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Por Francisco Febres Cordero
Un (o una, para dar gusto al mal gusto del género) revolucionario ocupa un ministerio, una embajada, una subsecretaría. Pero, por arte del birlibirloque, también su pareja, el hijo y el primo pasan a engrosar, felices, las huestes de la burocracia. Y no pues, así no vale. Eso, que antes se llamaba nepotismo, ahora se llama proyecto. A la larga, toda la familia está involucrada en el proyecto, con sueldo del Estado, con carro del Estado, con viáticos del Estado, con escolta del Estado.
¡Qué angustia! Y es que, francamente, nues para menos porque cada día nos enteramos de ciertas proezas de la revolución ciudadana y, ¡chuta!, nos quedamos patidifusos, taquicardiosos, insomnes.
Todo se debe a que los muchachos de mentes más lúcidas que imaginarse pueda, dueños de los corazones más ardientes y de las manos más limpias, no se detienen a reflexionar en que sus acciones están resultando igualitas a las de quienes les antecedieron en el uso y goce del poder.
Un (o una, para dar gusto al mal gusto del género) revolucionario ocupa un ministerio, una embajada, una subsecretaría. Pero, por arte del birlibirloque, también su pareja, el hijo y el primo pasan a engrosar, felices, las huestes de la burocracia. Y no pues, así no vale. Eso, que antes se llamaba nepotismo, ahora se llama proyecto. A la larga, toda la familia está involucrada en el proyecto, con sueldo del Estado, con carro del Estado, con viáticos del Estado, con escolta del Estado.
Y lo que más nos preocupa es que algunos revolucionarios se están mostrando demás precipitosos y no se aguantan las ganas de exhibir el capital que la revolución les ha permitido capitalizar. De pronto, ¡zas!, asoman comprándose casas o departamentos de lujo, con eso que el excelentísimo señor presidente de la República odia: piscina. Y uno se pregunta ¿cómo lo hicieron?, ¿cómo lo lograron? El cómo, claro, son ellos los únicos que saben, porque nosotros, pobre ingenuos, lo único que hacemos es sorprendernos. Pero, ¡tac!, ya tienen mansiones en los sectores más exclusivos cuando no en Miami, cuentas en el exterior y todo mismo. Y entonces uno dice por lo menos era de que esperen un ratito, de que se tomen un valium y aguanten para que no se haga tan evidente su calidad de nuevos ricos. ¡Ay no!, de nuevos revolucionarios, quise decir.
¡Qué lujos que se dan! ¡Qué viajes por el mundo, acompañados de sus familiares! ¡Qué séquito de guardaespaldas que llevan para que no les asalten en los hoteles de cinco estrellas donde se hospedan! ¡Qué pompa!
Claro, tienen la ventaja de que nadie les fiscaliza porque todos los que podrían hacerlo también son parte del proyecto y, como lo son, también ellos tienen hermanas, primas, esposas en el mismo proyecto y entre la gente del proyecto no se pisan el proyecto. ¡Ni más faltara!
Lo peor de todo es que cuando se publica una denuncia donde queda clarito que hay cosas oscuras, turbiedades, chanchullos, sale el excelentísimo señor presidente de la República y dice que todo es una vil calumnia de la prensa corrupta porque en su gobierno nuay corrupción. Y punto. Y si él lo dice, así ha de ser, pues. Tampoco hay contratos a dedo ni nada mismo. Todo es bien revolucionario, francamente.
O sea mucha pendejada. Yo lo que creo es que los revolucionarios deben tranquilizarse y no exhibir inmediatamente sus riquezas mal habidas, sino esperar un tiempo prudencial (por lo menos hasta que su imagen pública se difumine) y de ahí sí salir por sus fueros y comenzar a vivir como pashás ya sea dentro del país o, mejor, en el exterior, que es como lo han hecho a través de la historia todos quienes han entrado pobres al gobierno, y han salido ricos.
Pero los trescientos años que les falta ya han de ir aprendiendo a tranquilizarse, no se preocupen.
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