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Acosta ingresa a la contienda electoral para salvar el proyecto de Montecristi, y de paso también salvar a la Patria de los traidores, como lo dijo ayer.
Entre Rafael Correa y Alberto Acosta hay muchas líneas en común: su declarado amor a Eloy Alfaro, su heterodoxia económica, su cuestionamiento a los tratados de libre comercio, sus resistencias al mercado y su confianza en el Estado, su nacionalismo y anti-imperialismo; los dos hablan desde la retórico de los necesitados, proclaman políticas redistributivas y critican las actuales matrices energética y productiva. Los dos tienen perfil académico, aunque la producción intelectual de Acosta sea muchísimo más prolífica y rica que la de Correa. Y los dos son, por encima de todo, refundacionales. Si en el plano ideológico parecen representar tendencias ideológicas bastante similares, ¿qué los diferencia? Si nos atenemos a las declaraciones de Acosta en los últimos días, las fronteras giran alrededor de tres temas: cómo entender el liderazgo, su relacionan con la democracia, y la fidelidad de cada uno de ellos al proyecto de Montecristi. En esas fronteras, Acosta pretende desplazar a Correa de la izquierda y forzarle a una redefinición ideológica. Mientras el liderazgo de Correa es cuestionado como tecnocrático y caudillista, el flamante candidato de las izquierdas se define a sí mismo como una persona abierta a construir un proyecto en diálogo con las organizaciones y los movimientos sociales. Mientras el liderazgo de Correa devino en un caudillismo enraizado en las tradiciones populistas del Ecuador, Acosta –a pesar de su cercanía familiar al velasquismo- proclama su lealtad a las bases sociales de los proyectos de izquierda, cualesquiera sean aquellas. La segunda diferencia tendría que ver con la relación de cada uno con la democracia, las libertades y los derechos ciudadanos. Acosta ha señalado que sin democracia no puede haber revolución, y sin libertad de expresión no puede haber pensamiento crítico. Lo que está en juego es la autenticidad de esta retórica acostista sobre la democracia y su relación con el ideal revolucionario: saber si se trata de un viraje reciente para diferenciarse del incuestionable autoritarismo de Correa, o si responde a una actualización franca de la izquierda. Lo planteo en esos términos porque Acosta pretende también disputarle a Correa el lugar del buen revolucionario: ha dicho que la revolución ciudadana solo canta al Che Guevara mientras no transforma la realidad. Habrá que suponer, entonces, que él cantará al Che Guevara al mismo tiempo que hará la revolución. En el mismo esfuerzo por diferenciar las dos izquierdas, una tercera frontera confronta a puros e impuros, a fieles y herejes. Acosta ingresa a la contienda electoral para salvar el proyecto de Montecristi, y de paso también salvar a la Patria de los traidores, como lo dijo ayer. Mientras Correa es retratado como un político ya contaminado por el poder, en Acosta Montecristi vuelve a vivir desde un apego a principios e ideales. Si no cae en el terreno de los puros insultos -aprendiz de dictador, todólogo de los sábados, cucarachas, infantiles, etc.- la contienda entre estos dos personajes será una interesante y amena disputa entre las izquierdas, sus devaneos populistas y caudillistas, su tensa relación con la democracia, y los ardientes corazones revolucionarios detrás de cada una de sus palabras y frases.
Fuente: Diario Hoy. Reproducción autorizada por el autor. Solo los usuarios registrados pueden agregar sus comentarios. Por favor, ingrese con su usuario y clave , o regístrese.
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