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Al fin y al cabo, él es un “hombre renacentista… uno de aquellos seres privilegiados que casi todo lo pueden”, un individuo que ha sabido jugarse entero en lo mucho que ha realizado dentro del teatro, el cine y la música. La presencia de John Malkovich en Guayaquil no ha pasado inadvertida. Y no es para menos. Al fin y al cabo, él es un “hombre renacentista… uno de aquellos seres privilegiados que casi todo lo pueden”, un individuo que ha sabido jugarse entero en lo mucho que ha realizado dentro del teatro, el cine y la música. En una crónica que recoge un chispeante diálogo telefónico que con el actor mantuvo Carlos Icaza, el lector se encuentra con un Malkovich desparpajado, pero también reflexivo y profundo que, por una parte, reivindica el derecho que tiene el ser humano a cometer errores y, por otra, se manifiesta respetuoso de la opinión ajena: “Los críticos hacen su trabajo, eso es todo”, dijo. En esas dos ideas está definido el verdadero actor, el creador que, al asumir los retos que se impone, unas veces acierta y otras no. Ese es el riesgo que corre. Un riesgo que comienza el instante en que tiene una idea y lucha, a veces desesperadamente, por plasmarla, poniendo su imaginación por delante y asumiendo todas las consecuencias de su acción. Después, generalmente llegará la insatisfacción, porque entre lo imaginado y lo realizado se interpone una barrera que el artista no pudo, no supo saltar, un escollo que, sin embargo –aunque parezca paradójico–, le servirá para correr en pos de una nueva quimera. En ese instante entra en juego uno de los requisitos indispensables para toda acción humana: la autocrítica, que no es sino la manera de mirarse a sí mismo, sin intermediarios ni subterfugios. Eso es siempre duro, pero indispensable. Lo contrario es ceguera, prepotencia, necedad. Es apelar, vanidosamente, a la propia infalibilidad. Entonces, si se aceptan las equivocaciones, los errores y, como actores (es decir como personas que se muestran ante un conglomerado), hay la aceptación de que los otros tienen derecho a manifestar su desacuerdo, no es dable que, de manera prepotente, se descalifique el pensamiento ajeno. Con solo estas dos reflexiones que Malkovich ha dejado, su presencia en el país queda justificada: él nos ha recordado nuestra frágil condición humana y la necesidad de respetar al otro. Convencernos de que todo lo que hacemos está signado con la huella de la perfección y de que la reacción que se puede generar en contrario obedece a protervos fines, no es sino un signo de debilidad, cuando no de una intolerancia tan ciega como peligrosa. Es negar toda posibilidad al diálogo, al entendimiento, es regresar al más perverso oscurantismo, es devolver la palabra a los Savonarolas y a los Torquemadas que de la historia han sido. Es, en fin, situarnos en el lugar que los hombres destinamos a los dioses, a los sumos sacerdotes, a los dictadores o a los reyes, cuya palabra no admite cuestionamiento ni, peor, réplica. Bienvenido, pues, John Malkovich, cuya potente voz nos ha reafirmado la necesidad humana de reconocer el error y de respetar la opinión ajena, dos elementos fundamentales para una sana convivencia social. Fuente: Diario El Universo Reproducción autorizada por el autor
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