|
|
|
Ella no fue de las que se niegan a envejecer y, a base de artificios, terminan convirtiéndose en un remedo de sí mismas, buscando conservar a como dé lugar la juventud esquiva. Ella no.
Ella asumió su vejez con la misma dignidad con que asumió sus posiciones ante la vida, aunque estas desafiaran los cánones establecidos.
Ella supo dar valor a sus principios y los defendió a dentelladas, como toda luchadora. Y, al mismo tiempo, nunca perdió esa extraña ternura que emanaba desde su alma nutrida de campo, de hambre y de aridez, de anhelos y leyendas, que fue desde donde proyectó su voz inigualable.
Una voz con olor a veces a aguardiente, otras a lascivia, siempre a verdad. Porque en su voz, como en su vida, no había trucos ni trampas. La dejaba que brotara desde adentro, desde más allá de su propia historia, de su propia vida. La dejaba también que brotara desde el amor. Y desde la traición. Desde los sueños. Y desde los tormentos. Desde el dolor. Y, sobre todo, desde la pasión.
Porque ella estaba construida de pasión. De una pasión irrefrenable. Una pasión que rebasaba su cuerpo menudito, de huesos anchos y de rasgos pétreos. Una pasión que transmitía en cada estrofa que cantaba con esa voz gruesa, como de roca. Como de río.
Siempre vivió sin más normas que las impuestas por sus propios códigos y una lealtad inclaudicable a sus principios. Y a sus amigos, claro: porque nadie llevó la amistad hacia cumbres tan altas, como ella. Hizo de la amistad un canto y lo acompañó durante tantos –demasiados– años con pulque, con mezcal o con tequila, en cantinas de donde emergió borracha de historias, de pueblo, de pasado. Por eso, su vestuario era ese: el vestuario varonil del pueblo. Y por eso su voz era esa: la voz ronca, aguardentosa, profunda. Una voz sin artificios que salía desde la memoria más remota, desde el polvo de los tiempos, desde la desierta infertilidad de los anhelos.
Un día se fue. Regresó: “Vengo de muchos años de drogas y alcohol”, dijo. Y así subió nuevamente al escenario para demostrar que seguía viva luego de haber dejado en la estacada a esa jorga de borrachos que, mañana tras mañana, le gritaban desde un camión el “baja Chavela” de rigor, para iniciar el día.
Volvió con su mismo ejemplo de artista incorruptible. Y de una mujer que se iba haciendo vieja y, mientras más envejecía, más mujer era, como si cada arruga reflejara sus propias luchas, sus propias valentías, su amor de mujer a la mujer.
Su historia es transparente y está escrita en sus discos, que harán imposible su muerte: seguirá viva cada vez que la Macorina se proyecte para que alguien le ponga la mano ahí donde ella pide, con esa fuerza con la que se grita el deseo.
Ahora sus fieles le pondrán a Chavela Vargas la mano ahí, en el centro de su tumba, mientras ella, con su estruendosa carcajada, se levantará como se levantó luego de cualquiera de sus muchas borracheras, para seguir cantando sin miedo a la vejez. A la muerte. O al olvido.
Solo los usuarios registrados pueden agregar sus comentarios. Por favor, ingrese con su usuario y clave , o regístrese.
Powered by AkoComment Tweaked Special Edition v.1.4.6 |
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
