Guayaquil, ¿bastión del correísmo?
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0001A_FelipeBurbano.jpgPor Felipe Burbano de Lara

El sueño de todo populista que se precie de serlo es triunfar política e imaginariamente sobre la oligarquía guayaquileña, símbolo de su opresión personal y social.

 


Muy reveladora e interesante la afirmación del presidente Rafael Correa de que Guayaquil se ha convertido en el bastión de la revolución ciudadana. En este caso, se aplica bien el refrán popular: Tanto va el cántaro al agua, que al fin se rompe… Tanto ha trabajado la revolución en Guayaquil, que al fin ha roto el predominio político de 20 años del socialcristiano. Si la afirmación de Correa resulta exacta, entonces la revolución se ha impuesto sobre una de las principales trincheras de la oposición.

El prestigio y la popularidad de Jaime Nebot no han sido suficientes para detener el ímpetu de Correa por romper la hegemonía socialcristiana/pelucona en Guayaquil. Ha desplegado todo su poder para lograr ese anhelado objetivo: dividió territorialmente la provincia, ha hostilizado al gobierno local, le ha recortado competencias, se apropió del tema de las autonomías, ha hecho enorme inversión y ha movilizado el aparato estatal. Además, visita la ciudad todos los martes, concede declaraciones a la prensa, recorre e inaugura obras. Frente a ese poder enorme, movilizado desde un centro lleno de recursos, y con un claro dominio político sobre la mayor parte del territorio nacional, la fuerza de Nebot terminó ahogada. Hoy, difícilmente la voz del alcalde de Guayaquil se escucha fuera de su cantón.

La estrategia de Correa consistió en tender un cerco político territorial al liderazgo guayaquileño para dejarlo encerrado en su espacio. Primero conquistó las otras provincias de la Costa, antes bastiones socialcristianos (El Oro, Los Ríos y Manabí), con lo cual Guayaquil dejó de ser el eje político de un espacio de integración regional. Correa fragmentó políticamente la región para ahora intentar reconstituirla desde su liderazgo y el potencial de Alianza País. La segunda estrategia fue movilizar un discurso populista para ocupar el espacio dejado por el roldosismo. El lenguaje de Correa repite la tradición de antagonismo entre la oligarquía y el pueblo, que él la ha convertido en una confrontación entre la ciudadanía y los pelucones, dos términos distintos para tematizar una misma relación de conflicto y lucha política, y movilizar el mismo sentimiento de identidad popular.

Si Guayaquil es hoy su bastión, como dice Correa, habría que preguntarse si el proyecto de la revolución ha vuelto sobre una fractura difícil de roer: la territorial. La reconfiguración de la Costa como región bajo el predominio de Alianza País empieza a contrastar con la creciente oposición hacia Correa en Quito, la Sierra centro y la Amazonía. La declaración de Guayaquil como bastión correísta solo confirmaría el desplazamiento del liderazgo de Correa hacia la Costa, tal y como se observó ya en la última consulta popular. El sueño de todo populista que se precie de serlo es triunfar política e imaginariamente sobre la oligarquía guayaquileña, símbolo de su opresión personal y social. Correa ha logrado ese anhelado y profundo deseo. Hoy se puede proclamar como el sucesor ilustrado de Acdalá. Pero el precio de ese triunfo será seguramente muy costoso: volver al país de la fractura regional y territorial.

 

Fuente: Diario Hoy. Reproducción autorizada por el autor.

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