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La enfermedad perfecta para un proceso político mesiánico. Chávez, la víctima de sus propias palabras.
El anuncio del cáncer de Hugo Chávez y las subsiguientes especulaciones sobre la gravedad de su estado de salud, junto con las oraciones y rezos del propio coronel para que Dios le extienda la vida, con todo el dramatismo y miedo que encierra la muerte, me ha parecido algo así como un resultado inevitable del propio discurso chavista. Como si de tanto repetir y practicar una política misionera –como la llama el politólogo José Pedro Zúquete- las palabras de Chávez habrían enraizado en su propio cuerpo para llevarlo al límite de la vida; como si Chávez estaría llamado –por alguna entidad y fuerza metafísica superior- a sucumbir en el drama de la nación a la que intenta redimir. ¡Qué enfermedad más impertinente y al mismo tiempo tan perfecta! La política misionera de Chávez –dice Zúquete en un trabajo muy interesante sobre el líder venezolano- es una forma característica de política religiosa que tiene en el centro a un líder carismático y que gira alrededor de una comunidad moral a la que se quiere redimir de los enemigos poderosos y conspirativos. Son sorprendentes los materiales extraídos por Zúquete de una extensa revisión de los discursos de Chávez. En ellos, aparece como la encarnación de una entidad colectiva que encuentra, 200 años después de su independencia, una nueva figura capaz de retomar el sendero de la redención. El populismo de Chávez –este es el punto clave del trabajo de Zúquete- tiene como característica sí la apelación al pueblo y a la nación como entidades superiores, pero sobre todo la referencia a un liderazgo carismático en el cual los venezolanos creen encontrar su destino, su dignidad y su independencia. Todo, absolutamente todo, gira alrededor de Chávez en la medida en que el destino de la nación depende de su liderazgo, sacrificio y tarea misionera. Una comunidad que está por encima de las personas, de sus intereses individuales, de sus mezquindades y de sus libertades. El camino hacia la redención resulta siempre trágico. No hay redención sin sufrimiento, sin amenazas permanentes a lo largo del camino, sin enemigos –el mal- que quieran impedirla. El sacrificio lo personifica la entrega mesiánica del líder carismático a la tarea encomendada a él. Zúquete cita esta frase reveladora de Chávez: "mi vida les pertenece a ustedes, mi vida no me pertenece, le pertenece al pueblo venezolano, y permaneceremos unidos hasta el final de nuestros días". En la misma línea van las constantes referencias a Jesús y Bolívar como otros mártires en busca de la tierra prometida. El anuncio de su enfermedad tiene el dramatismo político que él le atribuye a su propia existencia misional. Su muerte pareciera una confirmación de sus palabras, la evidencia empírica de que la redención vuelve a ponerse en peligro. Desde la narrativa misional de Chávez, su muerte condenaría a Venezuela a otro largo período de oscuridad y extravío. El líder resulta imprescindible e insustituible. La enfermedad ratifica el camino trágico que acompaña la búsqueda de redención y a quienes se martirizan por conseguirla. La enfermedad perfecta para un proceso político mesiánico. Chávez, la víctima de sus propias palabras.
Fuente: Diario Hoy. Reproduccion autorizada por el autor. Solo los usuarios registrados pueden agregar sus comentarios. Por favor, ingrese con su usuario y clave , o regístrese.
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