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| martes, 07 de febrero de 2012 17:58 | ||||||||||||||||
Por Felipe Burbano De Lara
Las tres reformas importantes introducidas al Código de la Democracia son escandalosas.La revolución vuelve sobre la idea de que las reglas del juego político las impone quien tiene el poder gracias a todos los medios a su alcance.
No se puede calificar de otra manera -sino como pura arbitrariedad- el camino seguido por Ejecutivo para imponer las reformas al Código de la Democracia con el fin exclusivo de beneficiar al movimiento de Gobierno en las próximas elecciones. Para cometer un acto tan arbitrario, que muestra un uso abusivo de un poder reconocido al presidente en la Constitución, se ha requerido la complicidad de toda la bancada oficialista, sometida a una presión indigna, y el cinismo político de Fernando Cordero como presidente de la Asamblea Nacional. Cordero aparece como la reencarnación de todos los males políticos en la época pospartidocrática, como la conexión con el pasado, como el grado cero del cambio. La revolución va convirtiéndose en una parodia de sí misma, de su grandilocuencia, de su insoportable discurso refundacional. El tiempo corroe su sentido transformador para mutar en un movimiento férreamente controlado por una minúscula élite obsesionada con lograr, a cómo dé lugar, la mayoría en las próximas elecciones.
Las tres reformas importantes introducidas al Código de la Democracia son escandalosas. En primer lugar está la modificación del método de asignación de escaños para favorecer al movimiento de Gobierno con un sistema de representación mayoritaria. Se asustaron los aliancistas frente a las próximas elecciones parlamentarias y no encontraron otro recurso que el utilizado de modo tan recurrente y tramposo por los partidos políticos en el pasado: manipular las reglas electorales, acomodarlas a sus requerimientos. La revolución vuelve sobre la idea de que las reglas del juego político las impone quien tiene el poder gracias a todos los medios a su alcance.
La segunda reforma violenta a las libertades informativas mediante la aprobación de una norma que impone condiciones absurdas a la cobertura noticiosa de los medios en la próxima campaña, con el argumento -¡qué cinismo!- de generar condiciones igualitarias de participación a todos los candidatos. Ya veremos si las exigencias establecidas para la información electoral se cumplen con el mismo rigor en los medios privados independientes y en los estatales dependientes. El doble discurso en el tema mediático raya en la esquizofrenia: se exige unos comportamientos éticos a los medios privados que los medios propagandísticos oficiales, mal llamados públicos, incumplen todos los días. La paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio
Para cerrar con broche de oro este monumento a la arbitrariedad política, está la autorización a todos los funcionarios de elección popular para que sigan en sus cargos mientras participan en la campaña en busca de su reelección, con lo cual crean una confusión muy peligrosa entre lo privado y lo público. El poco escrupuloso manejo de los recursos públicos se vuelve norma de la conducta política de los aliancistas.
La maniobra no ha podido ser más insolente. Bastó que la Asamblea Nacional aprobara un texto, no importaba cuál, solo que pudiera ser devuelto por el Gobierno con un contenido nuevo mediante el abuso del veto presidencial. Cumplida la maniobra, simplemente se lo dejaría entrar en vigencia por el atajo del ministerio de la Ley. ¿Cómo se puede calificar la arbitrariedad en estado puro? Póngale usted el nombre.
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