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| martes, 08 de noviembre de 2011 09:15 | ||||||||||||||||||||||||||||
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Mientras no aparezcan los cuerpos, no habrá final. Tampoco justicia y tampoco paz.
Con una fuerza y un coraje inmensos, estremecedores a la vez, María Fernanda Restrepo ha removido la conciencia de todos nosotros sobre la desaparición de sus dos hermanos en 1988. Lo ha hecho desde varios frentes: su memoria y su sensibilidad, la historia de la familia antes, durante y ahora, su propia investigación del caso y el mundo lúgubre, putrefacto, de ciertos cuerpos policiales y de sus agentes cuando se trata de esconder sus abusos y sus crímenes. A todo ello se ha enfrentado María Fernanda -y nos ha enfrentado- en su documental Con mi corazón en Yambo. Lo hace con una profundidad serena, fuerte, madura, implacablemente crítica, reflejada en el guión, en la propia narración del caso, en las imágenes logradas -algunas de ellas, bellísimas- y en la suavidad y la fuerza de la música que acompaña todo el documental. ¡Qué emocionante, qué conmovedor, qué testimonio de amor y lucha, qué capacidad para resumir densamente en esa pieza su propia memoria y la de su familia, y evitar así que esa historia dramática caiga en el silencio o en el olvido. Sus hermanos y su madre vuelven a estar presentes a través de la memoria y los recuerdos de María Fernanda. También vuelve la fortaleza de Pedro Restrepo, su entereza, cuando responde las preguntas de su hija sin ocultar nada, dispuesto a mostrarse por dentro. Solo despierta ternura y solidaridad. El documental vuelve al caso Restrepo desde la visión, la comprensión y la sensibilidad de quien solo podía ser, dada su corta edad cuando ocurrió la desaparición, una testigo silenciosa de lo sucedido, envuelta por su padre en una imposible burbuja gris para que siguiera una vida normal. Hoy ha sacado su voz, sus oídos, sus ojos, su piel, para darnos su testimonio y aportar con todo su esfuerzo a la lucha por encontrar los cuerpos de sus hermanos.
Dos problemáticas del trabajo saltan con especial fuerza. La primera, la Policía y sus agentes. La subteniente Doris Morán y su madre como personificaciones de la maldad, de la crueldad, de la capacidad infinita para jugar con el dolor humano, para engañar, para mentir, para ser impostoras. Impresionante el momento del encuentro fortuito en Cayambe entre la cámara de María Fernanda, la teniente Doris Morán y su madre. El desconcierto de las dos impostoras, la incomodidad frente a su existencia, y la entereza de María Fernanda para encararlas y cuestionarlas. Espeluznantes los encuentros con todos los policías involucrados en el caso, espantoso cómo la Policía se ha burlado de la justicia, de las sanciones impuestas a sus agentes, su capacidad para enredar todo. Personas de una formación intelectual pobrísima colocadas en puestos de autoridad. Una mezcla de ignorancia, prepotencia e impunidad.
El segundo tema es el de los cuerpos de los muchachos. No habrá descanso, no habrá tranquilidad espiritual, mientras no aparezcan los dos cuerpos. No será solo el cierre de una lucha de amor que ha durado más de 20 años, sino la posibilidad misma de reencontrarse con esos seres amados y perdidos, de abrazarlos, de volverlos a tener cerca, para llorar nuevamente y darles una despedida final. Mientras no aparezcan los cuerpos, no habrá final. Tampoco justicia y tampoco paz.
Fuente: Diario Hoy. Reproducción autorizada por el autor.
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