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| domingo, 05 de septiembre de 2010 07:53 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Por Emilio Palacio ¿Por qué los piratas nos han resultado siempre tan atractivos? Eran asesinos, violadores, no tenían escrúpulos, y aun así, ¿qué niño no ha empuñado alguna vez una espada de juguete para simular que es Pata de Palo o Barba Negra? Entre otros motivos se debe a que durante mucho tiempo, cuando no existían todavía los sindicatos, ni los partidos socialistas serios, ni los grupos que defienden los derechos humanos de todos los ciudadanos (y no solo los de sus compinches), el pirata representaba para los de abajo la única posibilidad de revancha social contra los de arriba, los aristócratas inescrupulosos. Así lo interpretó Bertold Brecht, el escritor alemán que en su famosísimo musical La ópera de los tres centavos, estrenado en medio de la Gran Depresión, incluyó la canción Jenny, la de los piratas, el triste lamento de la sirvienta de un hotelucho destartalado: “Soy sirvienta, señores míos, no paro de lavar copas todo el día. Vean mis sucios harapos y este sórdido hotel. Pero cierta noche en el puerto habrá gritos porque atracará un velero con cincuenta cañones. Entonces centenares de hombres bajarán, entrarán en las casas y me preguntarán: ¿A cuántos quieres que matemos? Sonreiré sin lástima, ante tanto horror, y responderé: ¡A todos! Y me alegraré por cada cabeza que caiga, y mi novio en su velero con cincuenta cañones me llevará de aquí”. Hace poco escuché la versión de Nina Simone de Jenny, la de los piratas (incluida en la banda sonora de la película Los vigilantes). Los pelos se me pusieron de punta. La voz ronca de la Simone le añade al resentimiento social, el resentimiento de las razas excluidas, acentuando su efecto. Esos son los sentimientos en los que se asienta la Revolución Ciudadana. No en la decisión organizada de un pueblo digno que quiere recuperar sus derechos arrebatados durante décadas, sino en el odio irracional de los marginados que, por rabia, festejan al pirata que roba, asesina y viola, esperanzados de que les arrojen unas pocas monedas del tesoro expropiado, como todavía hace veinte años hacía Pablo Escobar en Colombia. Lo que promueve la Revolución Ciudadana no es la movilización democrática de los de abajo para cambiar un sistema, sino la revancha de Jenny, que en nuestro medio está derivando además en linchamientos, ajusticiamientos y en la barbarie de la “justicia indígena”. En ningún lugar del mundo, sin embargo, los piratas han podido organizar una economía alternativa. Llega un momento en que no hay más tesoros para asaltar y solo queda comenzar a producir. Es lo que está ocurriendo ahora. El revanchismo agotó ya sus posibilidades. Los de abajo siguen aplaudiendo en cada encuesta que los cincuenta cañones de Barba Negra apunten contra los pelucones, pero ahora esperan más. Jenny, la de los piratas, quiere un empleo, el bono-limosna ya no le alcanza. Así que a los piratas no les queda más que volver sus ojos a la empresa privada, ofreciéndoles el Código de Hammurabi para la Producción, como supuesta demostración de que aquello de cortar cabezas fue solo una broma, un equívoco. Varios empresarios se lo han creído. Afanosos por recuperar estos cuatro años perdidos, están dispuestos a cerrar los ojos y no ver la violación de esas dos mujeres que el país decente siempre amó, Libertad de Expresión y Autonomía Universitaria, y un poco avergonzados pero apurados le dan la mano al pirata. Ojalá que mañana no escuchemos su triste rechinar de dientes. Fuente: Diario El Universo. Publicación autorizada por el autor. Solo los usuarios registrados pueden agregar sus comentarios. Por favor, ingrese con su usuario y clave , o regístrese.
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