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| lunes, 08 de marzo de 2010 20:57 | ||||||||||||||||
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Por Melvyn O. Herrera C.
En la iglesia de La Compañía en Quito, se exhibe un inmenso cuadro con escenas del infierno, obviamente provienen de la religión que a nuestros aborígenes les impusieron los europeos que llegaron a saquear sus riquezas y las de esta tierra, bajo la égida de la corona real y el clero; son figuras similares a las fabulescas con que los mayores nos asustaban corrigiendo nuestras infantiles travesuras; las he recordado y me han parecido juegos de niños comparándolas con las diarias imágenes de la televisión mundial sobre el real infierno que ahora es Haití. Por ello, se ha acentuado aún más mi escepticismo religioso y convencimiento del aserto de la sabiduría ancestral, de que aquí mismo es el bíblico cielo y el infierno, comentando que no alcanzo a comprender la razón para que el infortunio se haya ensañado con ese pueblo heroico y valiente, que de la esclavitud que rompió poniendo ejemplo en este continente, de alguna forma retornó a ella conducido por los sátrapas que lo gobernaron; y más, duelen profundo los designios del cruel destino que ha convertido a Haití en algo que aún viéndolo, cuesta creer sea realidad tamaña desventura.Es que en esa nación de tan musical nombre se han juntado todas las calamidades de la tierra, al extremo que solo faltaría que les llueva estiércol; precisando que el terremoto fue -en términos taurinos- el puntillazo a la ya herida nación, tanto por el crónico desgobierno como por los recientes repetidos huracanes y ahora hasta las lluvias; así también, me permito comentar la brutal paradoja de los sobrevivientes rescatados de las garras de la muerte, que noblemente, dando gracias a la divinidad, emergen tan solo para seguir existiendo en ese infierno; lo que da lugar a pensar que todo parecería ser obra de un omnipotente y sádico genio del mal… ¡esto no puede ser obra de un Todopoderoso bueno! Por otra parte, acudo otra vez a los mayores por el aforismo: “pon las barbas en remojo al ver las de tu vecino rasurar”, recordando que hace pocos lustros, un sismo de menor magnitud afectó nuestro oleoducto trasandino arruinándonos económicamente; por lo que cabe preguntarnos: ¿somos conscientes de nuestra fragilidad por habitar sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico?; ¿se ha hecho algo práctico para prevenir en nuestra patria los efectos de un muy probable terremoto de una envergadura como el que nos ocupa?; ¿hemos cuantificado lo caro que nos resultará nuestra proverbial “sapada criolla” al interpretar cada quien a su conveniencia las normas de seguridad en las edificaciones?; esto es un gran secreto a voces al que todos cerramos los ojos. Y en materia de gobernabilidad, corrupción, gobiernos y sus resultados -respetando otros criterios- no creo que estemos tan distantes de los males sufridos por Haití; si no, a nuestra cruda realidad como prueba me remito. Solo los usuarios registrados pueden agregar sus comentarios. Por favor, ingrese con su usuario y clave , o regístrese.
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