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domingo, 07 de marzo de 2010 08:40 |
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Por Carol Murillo
Me llamo Estela Cruz. He leído un breve alegato contra las mujeres que celebran el día de la mujer con diatribas que matan a los hombres. Cumplí 43 años el martes pasado y desde entonces estoy pensando en todas las amigas que andan por allí viendo cómo reivindicar su condición de hembras pensantes desde los postulados del feminismo o las categorías materialistas que las igualan al macho o las proyectan superiores.
“Cada año el 8 de marzo cobra mayor fuerza en los laboratorios del consumo. La ropa, los interiores, los perfumes, los tacos, los aretes o los tragos de algunos bares bajan de precio para homenajear a las mujeres y hacerlas sentir un bello objeto que se humaniza en los regodeos de la moda y la espuma de champagne esparcido en el labial rosa y la lengua deliciosa. Cada 8 de marzo asistimos a la opereta de los actos que las integrantes de sociedades femeninas organizan para hablar de las flores, el útero y las tetas que amamantan la virtud de la vida. Cada 8 de marzo los colectivos feministas también arman extraños teatros para hablar de los cuerpos, las cabezas y los dientes de aquellas que nunca absolverán la culpa masculina.
Y en los círculos poco formales o menos reñidos con los códigos femeninos y feministas se hablará de la igualdad a secas, de la belleza maternal, de la ternura, de los hijos, de las hijas, de la menopausia, del orgasmo, de las cirugías, de la menstruación, del clítoris descubierto, de las rodillas en guerra. Esos círculos se nutren de la cotidianeidad de las mujeres/masa, de las hembritas que frecuentan salones de belleza y cuentan los detalles de las siete amigas íntimas que se divorciaron porque sus hombres ya no funcionan en la cama. O de las amigas de la infancia que aullaron una noche porque por fin supieron cómo y qué eran los sueños húmedos en plena paz corporal.
Las mujeres/masa han aprendido a celebrar el día de la mujer en sus coloquios domésticos; sin el estruendo calamitoso de las disertaciones conceptuales que las demandan libres sin revisar su casita, su cocina, su dormitorio, su incienso, sus sostenes rotos o sus maridos flojos.
El 8 de marzo se ha vuelto una solemnidad vacía porque las altísimas impetraciones que un día llenaron el sentido político de las mujeres trabajadoras, negaron su plaza íntima y la tornaron escuela pública de deseos tutelados, controlados, castigados, y, además, la reivindicaron a través del estipendio sexual o fuerza reproductiva sin capacidad del placer. Porque hasta el placer iba en contra de la liberación femenina y debía ser extirpado de las ‘debilidades’ de hembra. Solo el paso del tiempo lo ha vuelto a colocar en el centro del ritual de las humanas para sustentar la maravillosa violencia del instinto en medio de la ley de la cultura.
Una política del placer debería reconfigurar las contingencias de las mujeres en el mundo de lo público sin sancionar el enloquecedor contubernio del universo privado. Universo que recién las mujeres/masa empiezan a vivir para reconstituirse como hembras humanas”.
Por eso, mañana no solo que no compraré interiores en oferta sino que buscaré el champagne más caro y lo destaparé en un lugar sin rótulo y sin luces.
Fuente: Diario El Telégrafo. Publicación autorizada por la autora.
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